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5 de Febrero, 2007

Todos los caminos hacia la paz apuntan a la muerte y el exterminio.

La corona de la vida cambia de dueño por un descuido de su amo. Éste nuevo dueño se encarga de cambiar el rumbo de la vida hacia el correcto. Se eliminan las barreras del pensamiento, las que determinan normas de convivencia y leyes que no se cumplen. La anarquía se instala de un modo caótico y conmovedor a la vez. El arte se presenta en su máximo momento de creatividad y esplendor, sin ninguna limitación ni precedente alguno.

A su vez suceden hechos horrorosos: asesinatos, robos, violaciones.

Nadie controla nada ni a nadie.

El viejo dueño (anterior) de la corona reclama su tesoro ante tanta barbarie presente. Éste consigue lo mismo que acostumbraba dar, aunque nadie lo sabía, y muere en manos del hacha. Fue justo, aunque era mucho más divertido verlo al viejo caminar desorbitado ante la pérdida de poder.

El descontrol y la barbarie llegan a su extremo, y finaliza segundos antes de provocar el fin de casi toda naturaleza existente.

Sólo sobreviven algunos microbios, una incalculable cantidad de chatarra bélica y el nuevo comandante de la nave: el que robó la corona.

Él y su hija.

Considera necesario violar a su hija, para que al cabo de 50 años la humanidad resurja y vuelva a instalar leyes de convivencia renovadas, evitando semejante catástrofe.

En un momento de lucidez el navegante descubre que para lograr sus buenos objetivos ha tomado los caminos equivocados, y que quienes querían justicia aprovecharon esta situación para destruir sin razón.

Se suicida justo después de matar a su hija; y a su hijo, del que también sería abuelo.

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