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26 de Agosto, 2007

Los ravioles de la vieja

La facultad y la necesidad de fumar siempre fueron, para los que fumábamos habitualmente como verdaderos condenados, una pareja inseparable. Hemos llegado a discutir con personas alérgicas al cigarrillo, que mientras el profesor fume, nosotros también. Una vez que dejamos, o comenzamos a intentar dejar de fumar, vemos que no es necesario ser alérgico para que ese humo nos moleste.

Molesta, y mucho.

En clases de Comunicación I no se podía fumar. Era el año 2000, y en una de estas clases nos hablaron de Ferdinand de Saussure. Resumiendo, este señor teorizó acerca del signo, separándolo en un significado y un significante. Uno de ellos es la representación sonora, la imagen que tenemos de un signo (llamada imagen acústica), y por el otro lado lo que todos sabemos en común, el significado.

En síntesis, cuando uno dice “perro”, el otro se imagina un perro. Esa imagen que genera el cerebro de ese perro, significa “animal de cuatro patas”, etc.

Lo que nunca pensé que me sucedería es que haciendo un tratamiento para dejar de fumar, una de mis imágenes acústicas iba a ser radicalmente modificada.

Este taller, muy efectivo para curar la cabeza y por supuesto, dejar de fumar, sirve para tratar situaciones tales como afecciones psicológicas, las cuales, por X o por Y, nos llevan a fumar un pucho cuando menos ganas tenemos.

Sintetizando, hay situaciones malas o traumáticas que nos impiden dejar de fumar.

Cuando comencé el taller, vi que había gente muy deprimida, algunos con problemas reales y otros a los que mucho no los oí, por considerar que sus problemas eran maximizados por vocación. Algo así como auto-deprimidos. Quizá están hechos mierda en serio, pero a mi me parecía verlos pelearse para ver quién estaba peor y eso me caía mal.
Pero Rosita no era así. De hecho, Rosita fumaba porque le gusta fumar, y no cree tener problemas “que tapar” con el cigarrillo. Hasta parece ser una persona que fuma para tener algo malo. Increíblemente buena onda, hablaba de su marido como si fuese su novio, y de sus hijos como si fuesen sus amigos. Es una mujer que contagia buena onda.
Lo extraño es que por mi forma de ser, no me atraía la gente demasiado simpática. Me generaba cierta desconfianza.

Estoy seguro que ahora todo esto de la energía, que es a lo que apunta el taller, formas de canalizar la mala energía y recuperar el poder de la buena energía, comienza a tener un sentido. Cuando vi a Rosita hablando, supuse que con ella nunca iba a hablar. Y no sabía lo equivocado que estaba. Luego de hacer los ejercicios necesarios para sacar la mufa y meterle onda, comenzó a caerme mejor, y a la vez, algunas personas que conozco y que antes tenía muy cerca, con mala predisposición para la vida o pensamientos negativos, comenzaron a retroceder en mi imaginario de una manera asombrosa. De hecho, escribir esto es una forma de comunicárselo a algunas personas que, como siempre, cuando tengo algo para contar, no solo no me escuchan sino que hasta interrumpen con otras cosas: o peor, como grandes forros, se van para otro lado. Hermosa forma de respetar.

Volviendo al tema de la energía (algo que Rosita podría contagiar a la gente anterior y yo debería dejar de derrochar) tanto es que me convencí de su existencia que el acercamiento con Rosita se dio, y vaya casualidad, el último día del taller.

Bajando las escaleras de ATE, ya en planta baja, ella y otras mujeres del taller estaban intercambiando teléfonos, para reunirse quién sabe cuando a tomar unos verdes. Con gusto le di el mío, jactándome como siempre de no tener celular. Lo loco fue que se lo di con gusto; en otra situación, hubiese dicho que no me rompa las pelotas.

Hasta le advertí que avise que es una ex-compañera del taller, ya que mi mamá también se llama Rosa y si atendía ella o mi hermano podían llegar a sufrir alucinaciones, o bien, la mandarían a cagar bien lejos pensando que es una joda.

Le di el número y salimos juntos a la calle, caminando a paso de peregrinación, como anticipando la despedida.

Mientras terminábamos de acercarnos al final de la vereda, me recuerda que dije que me volvía caminando, y me pregunta por donde vivo. Justo cuando le estaba por responder, sonó su celular.

- ¿Hola feíto? No sabés, estoy con un rubio precioso, pelo largo, uno noventa ¿Uno noventa medís Guille? Aaahh, no sabés, un divino, encima es un nene, mirá si tendríamos otro bebé como éste.

Y siguieron hablando, como si fuesen dos novios que cumplen el segundo mes y se llaman para felicitarse. Yo me reía. Me acordaba de esos momentos en que a los padres les gusta jugar a avergonzarnos. De algún modo llegó a molestarme que me de risa, siendo que con mis viejos me daba más bien bronca, pero fue solo un momento, ya que lo que más hice fue desear llegar a esa edad y mantener mi relación con Ethel del modo que estamos ahora. Que por cierto, para quienes no lo saben Y no lo ven, es mi novia y mejor amiga.

Ni bien termina la llamada, le recordé por donde vivía.

- Podemos ir juntos hasta 9 de julio - me dijo
- Bueno – le respondí, y me interrumpió - O hasta 25 de mayo, donde más cómodo te quede.
- No hay drama Rosita, si me voy hasta “tan lejos”, no me hace nada un par de cuadras más.
- Guille – me corta de nuevo cambiando de tema, lo cual aclaro, no me molestó – Hoy dijiste que fuiste a un recital el sábado, ¿De quién era? – me pregunta
- De Skay Beilinson– le digo, el ex-guitarrista de los Redondos.
- Ah – me dice – Porque mi hijo tiene una banda – prosiguió – Se llama “Tributo a Coldplay”, y tocaron el sábado también.
- Ah, no, la verdad no me gusta Coldplay. Es más bien tranqui.
- Ay, si, a mi me encanta.
Silencio.
Media cuadra después.
- También tiene otra banda, se llama Gastroenteritis
- Uh, que buen nombre, ¿Que tocan, Punk? – le pregunto.
- No se, es un asco, la verdad un asco. ¿Los conocés?
- No, la verdad que no.
- Imaginate, la tapa del disco tiene un tipo vomitando un inodoro, y para mi también está cagando. ¡Un asco!
- Uy, debe ser punk del bueno – le digo riéndome.
- Y antes tenían otra banda, que se llamaba “Objeto Contundente”.
-¿Objeto Contundente?, No jodás. – le digo.
- Si - me responde– ¡No me digás que los conocés! – me dijo orgullosa.
-¡Pero claro! – respondí – ¡No me olvido más del tema “Masacre en el tablón”!
- Aaaaah - me dice, frenándose en seco y haciéndome el gesto de la palma invertida en el pecho - Guille, ¡¡Yo era la de los ravioles!!

No puedo describir lo que sentí en ese momento. Atiné solo a reírme, de hecho, toda la caminata me acordaba de eso y me reía. Parecía loco.

Pero en el momento, fue como si de golpe me acordara del tema completo, con solo la parte en que dice:

“Minitas subimos a un camión,
después de los ravioles de la viejaaaa”

El único problema que encontré es que ya no era igual. Ya no tenía el mismo desencadenamiento gráfico. Es más, en ese momento me pareció ver a Rosita empujando a la otra vieja que aparecía en mi cabeza al sonar esa parte del tema. Esas imágenes que yo tenía, de éstos muchachos a los que nunca les había visto la cara pero los suponía de algún modo, subiendo minitas a un camión, y luego, la imagen en cuestión, de la “vieja” haciendo los ravioles.

Es tan loco como uno imagina las cosas de chico, que nunca supuse que esa vieja tendría unos años menos o más que la mía.

Recordando mi imagen acústica, Rosita era una mujer canosa y jorobada, que mantenía su aspecto desgarbado culpa de estar amasando los ravioles, esos que les daba a sus hijos antes de ir a la cancha. Su cocina era humilde, casi precaria, y sus hijos estarían sentados a la mesa comiendo los ravioles, mientras, vaya uno a saber por qué razón, esta “vieja” seguía de espaldas.

Pero no, no es así. La vieja, que recién a partir del viernes se llamaba Rosita, es una mujer con el mismo aspecto que el de mi mamá, lo cual significa que hace unos 13 o 14 años, al igual que ahora, no era ninguna vieja. Y ya no está de espaldas, ya no hace falta. Lo gracioso es que ahora amasa los ravioles de costado, o al menos, así imagino ahora esa parte de la canción. Y su casa ya no importa, ya sabemos quién es “la vieja”, por lo tanto esa imagen está completa así, sin saber si la casa es linda o fea: quizá ni hace falta que amase los ravioles.

Seguimos viaje y nos despedimos en 9 de julio. Ella iba hasta Francia y me dió fiaca acompañarla. Nos saludamos y volví caminando a casa, riéndome y pensando en ese grato encuentro, y en lo bueno que sería probar esos ravioles.
Mientras, ya que no puedo sentir el olor de la salsa, me conformo con saber que de todas las canciones que escuché en mi vida, hay una parte de una de ellas que cambió por su verdadera imagen acústica.

ACLARACIÓN: Rosita no es ninguna vieja: viejos (y chotos) son algunos que conozco, y que encima son mucho más jóvenes.

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