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3 de Mayo, 2008

Lo que importa: ser

Hoy hizo cuatro meses y seis días que no escribía algo aquí.
Hubo textos que dejé pasar, temas de los que siempre hubiese escrito, y que ahora por “a” o por “b”, no pude y no quise.

En un principio debo decir que comencé muy bien el año. Bien de trabajo, bien con los que quiero. Pero no son los que quiero los que “me quitaron” tiempo para escribir algo, mas bien fue la suerte de poder contar con varios trabajos.

Esos trabajos incluso, me han quitado mucho tiempo con quienes quiero.

Esto, haciendo un análisis básico y simple de por qué en este tiempo no utilicé de psicólogo este medio, mi blog personal.

Un tema en particular (que todavía no se ha resuelto), me dio ideas cada cinco minutos para escribir algo: el no tan reciente conflicto del gobierno con el campo.

Comparaciones, analogías, metáforas. Todo eso vino a mi cabeza.

Quise compartir mi postura, mi forma de pensar, mi apoyo al campo y mi desprecio a la Reina Cristina.

Preferí esperar, no solamente por falta de tiempo, también quise analizar bien qué era lo que convenía escribir. Conveniente no desde el hecho de ofrecer una postura elegante o no llegar a un doble discurso; si no ver que es lo más crudo que se puede sacar de tanto proceso ya elaborado, por mí y por otros hacia mí. Que respuestas dar a quienes me opongo, etc.

Justamente por eso, si hoy tuviese que dar mi postura luego de todo lo que ví y escuché, seguramente no terminarías de leerlo, sería un texto muy largo, y sin sentido.

Sin sentido, insisto.

Repito y repito también la insistencia, sin sentido.

Curiosamente hoy, siento que desperté de un sueño (muy tonto por cierto ese sueño).

Un sueño que incluso, quería convencer a otros de una inteligencia que en caso de existir, no ofrece pruebas feacientes de serlo.

En estos días, he respondido e-mails a gente que piensa distinto, a los que les aclaré que tratarlos de hijos de puta es mucho menos violento que una mentira. Si hay una frase de “Patricio Rey y sus redonditos de ricota” que me gusta, es esa que dice: “violencia es mentir”.

No solamente vi que eran amplias mentiras lo que leía en esos e-mails, (entiéndase por estos emails: Escritos Muy Absurdos e Implícitamente Llenos de Soberbia) sino también lo que creo más importante de lo que estoy diciendo, que yo también soy un mentiroso. Y más aún queriendo imponerme ante tu manera de pensar o la de otros, logrando lo mismo que estos otros conmigo, nada.

Me miento a mi mismo y le miento a los demás.

Porque si la forma de resolver las cosas fuese hablando, seguramente existiría de antemano un factor que aquí escasea: la actitud. Tener actitud nos daría la autoridad moral para debatir sobre estos temas. Autoridad moral porque hablaríamos desde uno, desde lo que somos y hacemos para realmente lograr algo mejor.

Me río de lo cobardes que somos. De cómo cambiamos al mundo con un porrón, un mate, y hasta en el trabajo. Siempre sabiendo o buscando que al menos uno, piense como nosotros, cuando termina dándonos la razón sólo para que nos callemos.

Me rió de como hablamos de cosas que creemos mejorar desde nuestra postura, y luego, si podemos evitar pagar un impuesto lo hacemos.
Nos quejamos de cómo los otros conducen sus vehículos cuando no somos conscientes siquiera de cruzar la calle por la senda peatonal. Traigo este último ejemplo porque no da lugar a réplica: cuando llegamos a la esquina y ese auto o moto otra vez está parado en la senda peatonal, no decimos: “señor, deme paso, ésta es la senda peatonal y me corresponde cruzar por aquí”. En cambio, esquivamos el auto, le hacemos alguna cara o gesto y esperamos llegar a nuestra casa y repetimos : “otra vez un hijo de puta no me dejó cruzar”, encima, contaminando a los demás y aplicando una terapia autorenovadora: uno cree que el otro ve una actitud a imitar cuando sólo muestra una estúpida faceta de un repetido fracaso.
Y esto viene sucediendo desde siempre, ya es una costumbre que se puede volcar a otros tantos ejemplos cotidianos.

Es muy simple pretender que un gobierno haga las cosas que (queda muy en claro), muy pocos harían, si no somos capaces de mejorar nuestra vida imponiendo el uso de las normas como realmente son. No digo que mañana salgamos a la calle a enseñarles a todos como manejar o cruzar la calle, simplemente es éste un ejemplo muy sencillo que doy y no es seguramente el mejor.

Pero el fin de la cuestión que planteo no es: “no nos quejemos si nosotros hacemos lo mismo”.

El fin de la cuestión es no quejarse si no vamos a hacer nada.

Es esa idea absurda de pretender que alguien escuche nuestra postura política, o que alguien sepa por qué apoyo a tal o cual. Es eso lo que nos hace mediocres.

Es eso lo que nos da la tranquilidad de creer que somos algo y hacemos algo.

Propongo: (no obligo ni mando) dejemos de creer que vamos a cambiar las ideas de los demás. Es estúpido creer que el otro, con sus razones o sus sin razones vaya a cambiar sus fundamentos.
La opinión y la forma de pensar del otro, le pertenece, es de su propiedad.
Que existen injusticias, existen. Que muchas veces los discursos son infundados, también es cierto.
Entonces, con más razón.. ¿Qué es lo que se quiere promover si no hay alguien del otro lado que acepte esa oferta? Y también, ¿A quién le querés vender un discurso que ya elaboró de antemano?

El gran problema es que Argentina mira siempre para atrás, nunca para adelante.
Siempre recordando lo que sucedió hace treinta años, pero nunca contando la historia completa. Tenemos que terminar el secundario para investigar por cuenta propia lo que sucedió en la década del setenta.
Y vivimos así todos los días, creyendo que analizar el discurso del presidente o gobernador es una forma de demostrar que formamos parte de algún movimiento o al menos “pensamos”, como si al otro le importara lo que uno piensa.

De hecho, si al otro le importa que uno piense o lo que uno piensa, es también muy triste, porque lo que uno tiene que priorizar a la hora de pensar, es la forma de analizar las cosas con sus valores y convicciones personales.

La realidad es que somos hijos de una generación de cobardes. Una generación que sufrió desaparecidos que plasmaron su esfuerzo para cambiar una situación (que venía mal de antes, y entiéndase también de una vez por todas que en democracia no se mata con represión pero si de hambre) y que lamentablemente, dejó a la vista a los supuestos ganadores, mal llamados rebeldes y palabra sucia si las hay: los montoneros, gente tan asesina como Videla o Galtieri y con ideas similares y hasta peores.

Y nuestra capacidad de absorción, que nos define como una entera sociedad de verdaderos cobardes, termina incorporando en nosotros la mentalidad de absolutamente todos estos personajes.

Pensamos como los que quisieron hacer el cambio, de manera justa e igualitaria. Luego, creemos que la solución es la de los montoneros, matarlos a todos. Anteriormente, decimos que habría que actuar como los militares, torturándolos primero.
Pero al final, cuando llega “la hora de los bifes”, pensamos igual que la mayoría de la gente, “y no nos metemos”.

Es insólito pero real que en algunos lugares quedás en ridículo si contás tus proyectos, tus intenciones a futuro y tus ideas. Eso se debe a que todos somos presos de nuestra mediocridad, y parte de la mediocridad es vivir recordando y terminamos olvidándonos de vivir una vida para no olvidar.

Yo personalmente estoy intentando una desconexión con todo esto que vengo planteando desde que tengo acceso a escribir en un blog.
Dejar de lado mi mentalidad mediocre, que no resuelve nada desde un vaso de cerveza al que tengo acceso porque además, ya comí. Dejar de quejarme por cosas que no voy a cambiar porque estoy demasiado cómodo insistiendo con eso, en lugar de actuar y luchar por lo que creo justo.

Creo que del mismo modo que tenemos una marcada diferencia entre la clase baja y la clase alta, existiendo una casi extinguida clase media, también tenemos una diferencia amplia entre gente que busca un cambio y gente que elije seguir como está. Pero en el medio, tenemos una mayoría en la que me incluyo, que vivimos quejándonos de lo que pasa, de lo que deciden los gobernantes (que nos merecemos en un 200%) en lugar de tomar una decisión y volcarnos a lo que debemos: formar parte de un cambio o desinteresarnos completamente por estos temas cuando el momento fue designado para descansar o para disfrutar en una fiesta. Elegimos hablar de los problemas cuando en realidad habíamos planeado una salida divertida. Hablamos de cómo resolver el mundo en lugar de buscar una idea que resuelva nuestros (nada chicos) problemas personales.
No aceptamos críticas, porque nos creemos tan íntegros como nuestros pensamientos que creemos combatistas.

Tan íntegros nos creemos, que elegimos hablar de un gobierno cuando siendo gobernados no hacemos nada incluso por nosotros mismos.

Hoy les estoy comentando mi cambio.

Voy a seguir pagando mis impuestos porque creo que algún día van a tener un uso más amplio que abrirme las puertas a nuevos trabajos.
Voy a seguir votando, porque creo que vivir en lo que realmente se entiende como democracia es bueno (la democracia no es sólo un gran comedor infantil al que siempre le falta únicamente la comida) como también creo que es necesario elegir a quién nos represente. Que luego les diga a ellos (a través de manifestaciones, por ejemplo), por qué los elegí o no, qué me gustaría que hagan por mi, lo que pienso acerca de sus decisiones, no se si lo voy a hacer.. Pero creo que lo que definitivamente tengo que lograr, es dejar de decir lo que pienso a gente que nada tiene que ver en este proceso.

Ya voy a ver donde vuelco mis energías.
Siempre (creo), tuve un buen sentido del humor, me gusta hacer reír. Y veo que perdí al menos un 40% de mi humor tratando estos temas, a los que repito, ninguna cerveza ni tampoco un mate nos escucha cuando los discutimos. Y si nos escucharan, no tienen vida propia como para salir a luchar. Al contrario, nos ayudan a seguir por el camino del desinterés total, porque compartir unos mates y tomar una cerveza con amigos o nuestra pareja, no nos hace combativos en absoluto, y mucho menos demostrando nuestra mediocre postura acerca de lo que todos ya sabemos.

Somos dos, somos diez, somos mil: somos tantos que nos cobijamos en la cobardía en conjunto e incluso nunca resolvemos nuestros propios problemas, dejando de lado nuestras alegrías, para cerrarnos cada vez más diciéndole a los otros como mejorar, pretendiendo un cambio social aún avalando nuestras falencias.

A partir de hoy me proyecto hacia mi futuro.
Ya no me interesan las historias del pasado que ni sus personajes quieren resolver. No me interesan las complicidades del presente con el pasado ni sus pactos a futuro.

No me interesan más.

Hoy voy a empezar a preocuparme por mi futuro.
Tampoco voy a planear sandeces dejando de lado el presente, que es la única parte real de mi vida.

Porque si hay algo que creo fervorosamente, es que para poder ser solidario, hay que saber ser egoísta.

Y hoy empiezo a ser egoísta.

A ser dueño de mi vida, de mis pensamientos.

A preocuparme cuando solo sea necesario y ocuparme cuando crea conveniente.

Por lo pronto, sólo tengo para decirles que… “la felicidaaa-ad ha-ha-ha.”

Y no me critiques por mi postura.

No es bueno más de lo mismo.

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