Presentados de forma yuxtapuesta, los distintos carteles aparecen en esta muestra con la misma fuerza y vigor que tenían en el momento de ser publicados. Nos conducen de un campo a otro y nos muestran en nombre de qué ideales combatían los adversarios, para revelarnos también la forma en que los distintos bloques pudieron superar las pruebas que les planteaba la larga guerra. De este modo, nos explican el conflicto en su amplio contexto ideológico, psicológico y sentimental. Los sucesos de mayo de 1968 en París pusieron de manifiesto que los muros hablan y que los mensajes que el transeúnte recibe en sus paseos tienen una excepcional fuerza de impacto.
Dos años antes, se había iniciado la Revolución Cultural en la República Popular China con la adhesión de carteles manuscritos sobre las paredes. El primero de estos famosos dazibao (nombre que recibían tales carteles) había sido diseñado por el propio Mao. A menudo se olvida que este fenómeno propagandístico que parece ser característico de los últimos años tiene precedentes históricos. Entre ellos, el más importante es el empleo masivo de carteles que acompañó al fantástico desarrollo de la propaganda política en Europa, Asia y Norteamérica durante la segunda Guerra Mundial y los años precedentes.
El promotor de este vasto movimiento propagandístico fue el Doctor Goebbels, ministro alemán de Propaganda e Información. En realidad, Goebbels no hizo más que organizar con un criterio científico el mecanismo que el propio Hitler había puesto en práctica a partir de 1920, cuando, siendo propagandista del Arbeiterpartei, hacía uso de frases cortas y consignas llamativas que apelaban más al instinto que a la razón. Sin embargo, mientras que Hitler sólo creía en la fuerza de las palabras, Goebbels destacó el papel excepcional que podía desempeñar una forma de comunicación tan popular como la del cartel, es decir, una sugestiva imagen que, multiplicada hasta el infinito, se imprimía en la mente del espectador sin que éste fuera consciente de ello. Mediante fórmulas lapidarias que resumen toda una doctrina o trazan una línea de conducta, el cartel propagandístico resulta a la vez imperativo e insidioso, conjugando dos formas de movilizar a las masas en provecho de una determinada ideología. Por esta razón, los regímenes totalitarios, tanto el gobierno de Mussolini en Italia como el partido militar en Japón, imitaron enseguida a los alemanes e hicieron uso de la propaganda mural con el mismo objetivo de movilización de las energías nacionales con fines imperialistas.
Asimismo, el gobierno soviético había empleado este procedimiento, puesto que era necesario adiestrar al pueblo ruso en el esfuerzo y la organización precisa para asegurar el éxito del marxismo-leninismo en la URRS. Su tarea consistía en suscitar y mantener el entusiasmo del pueblo por las conquistas de la Revolución, movilizar las energías contra las desviaciones ideológicas y, muy pronto, contra el enorme peligro que representaba la creciente fuerza del nazismo. El empleo del cartel fue uno de los métodos propagandísticos que más éxito tuvieron entre los diversos intentos que hizo el gobierno de la Unión Soviética con el fin de asociar “la base” a su acción. En las democracias occidentales, acostumbradas desde hacía tiempo a los carteles propagandísticos, las directrices gubernamentales se resumían en imágenes y consignas. Sin embargo, la necesidad de combatir la temible acción psicológica del Doctor Goebbels reavivó el interés por una práctica que se había convertido en rutinaria y suscitó una vigorosa renovación de los lemas patrióticos.
Este proceso de renovación se hizo todavía más evidente en los Estados Unidos. Para conseguir que una nación aislacionista comprendiera la necesidad de solidarizarse con los Estados democráticos de Europa, Roosevelt, con la cooperación de asociaciones privadas, se consagró a sensibilizar al público norteamericano a la amenaza de los nazis. Sin embargo, las campañas de carteles propagandísticos no despertaron mucho interés, hasta que tuvo lugar la tragedia de Pearl Harbor. Con la entrada de los Estados Unidos en la guerra, el tema de la defensa de dicho país asociado a la defensa de la libertad, contribuyó durante tres años a la movilización moral de toda la nación. Entre las realizaciones de los dibujantes franceses se encuentran características tan interesantes como el magnífico grafismo de Carlu y el vigor plástico de Paul Colin. Aquí también se podrá apreciar las obras de neoclasicismo nazi, que se manifiesta de forma ejemplar en los años victoriosos de Alemania; las majestuosas composiciones inspiradas por el estilo «staliniano» que, sin embargo, no excluyen la aparición fugitiva de una imaginería popular al gusto de la tradición rusa ni la expresión de vigoroso talento de Kokryniksy. Este nombre es el pseudónimo colectivo de tres pintores y grabadores soviéticos, Koprianov, Krylov y Sokolov, que recibieron el título de Artistas del Pueblo y ganaron, durante tres años consecutivos, el premio Stalin en reconocimiento a su excepcional contribución a la guerra psicológica contra los nazis.
Finalmente, el arte oficial norteamericano se muestra aquí eficaz, pero amenazado de despersonalización a pesar de su perfección realista.