El gran almirante de la flota, Frangois Darlan, según un dibujo de Épinal.
En el momento en que el Gobierno francés se planteó el armisticio, las responsabilidades de Darlan pasaron a ser abrumadoras: lo único que le restaba a Francia para negociar con el Tercer Reich era su imperio colonial y su Armada.
El 12 de junio, Darlan prometió solemnemente a Churchill que jamás pondría la flota francesa al servicio de los alemanes, y no faltó a su palabra.
Bibliothéque Nationale.